6 de noviembre de 2017

Nostalgias para la tierra de uno.

Santiago se nubla con calor y yo miro insistentemente por la ventana esperando a ver si el cielo decide caerme encima, pero la lluvia aquí es racionada y los pronósticos del tiempo bastante equívocos. Entonces pienso que la chica del clima puede sustituirse fácilmente por Julieta, la perra de mi mamá, que infaliblemente se para en la orilla de la cama para olfatear el aire con la nariz en alto cuando la lluvia se está acercando. Esta ciudad no conoce de medias tintas, porque cuando hay sol es inclemente y acosador, sin una nube grande y gorda que provea fresquito en el verano, y cuando llueve, viene poquito, pasa rápido y sin mucho escándalo dando paso a un frío quiebra huesos. 

Esa cualidad de una ciudad con clima seco tiene sus ventajas, por ejemplo con 32 grados no suda uno a chorros como en mi tierra, además este valle es considerablemente plano y sin lluvia se hace divinamente pedaleable ¿se imagina usted la vida de un ciclista en Caracas entre subidas, bajadas y palos de agua? Me visualizo obstaculizando el tránsito vehicular junto con los motorizados, que probablemente en una Caracas más amable no existirían armados y amenazantes. La verdad es que esta alma tropical con frecuencia extraña una lluvia de esas que gotean y hacen picar la piel, las que vienen con árboles, tierra, refrigeradores y calor. Tal vez por eso, una vez que llovió bastante por aquí, olvidé los 10 grados y me paré en la calle a mojarme mientras cerraba los ojos y me imaginaba que llovía con calor y que el frío que me invadía era completamente psicológico. No es pues de extrañarse, que ese día los pocos valientes que transitaban las calles me miraran con curiosidad y auténtica lástima, tal vez pensaron que me agobiaba un mal de amores profundo, pero yo los ignoré porque de algún modo quería lavar la ausencia. 

Ausencia de aquella lluvia que incitaba a los enamorados a amarse impunemente en donde les agarrara el agua, de los pajaritos que cantaban empapados pero felices y de los morrocoyes que, vaya usted a saber por qué, decidían reproducirse cuando arrancaba a tronar. Ahora entiendo por qué en la casa de mis abuelos paternos, cerquitica que la selva, estas tortugas de tierra se reproducían como conejos. Y tocaba empezar a contar huevitos y crías de tamaños varios que más de una vez pasaron el centenar, por lo que algunos terminaban vilmente asesinados en Semana Santa, víctimas de las señoras que tradicionalmente servían pastel de morrocoy en su mesa. 

La verdad es que se me ocurre que últimamente debo padecer de un síndrome premenstrual permanente, porque de un tiempo a acá, cuando veo fotos del mar siento que me voy inundando poco a poco como un personaje de tiras cómicas, y que en cualquier momento voy a estallar en lágrimas incontrolables. Lo confieso, cierro los ojos y trato de recordar la sensación de la arena caliente bajo mis pies, de escuchar las olas y sentarme a observarlas antes de entrar con mi tabla para leer el comportamiento de las series del día. Y cómo no vivir en nostalgia permanente por el mar si ya a los seis años mi papá decía que yo era una ‘sardinita’, apodo secundario y jovial que empleaba por mi amor innato hacia el mar y mi habilidad de ganar competencias de natación. A él no le gustaba la playa, pero en las tardes a la hora de volver al apartamento yo le decía “papi, un ratico más” y a veces conseguía que se quedara conmigo viendo al sol esconderse en el mar. 

Ese Caribe azul, cristalino, inagotable, inmenso e imponente, me cobijó en mis mejores venturas. En sus orillas, Otoniel (un negro alto, al que nunca vi usar zapatos pero cuyos pies eran, según atestiguan las fotos, al menos doblemente más grandes que los míos) me hacía prendas de alambre mientras recitaba poemas de Neruda ¡vaya lujo! Tantos momentos, tantos recuerdos, y me pregunto si aún conservaré la ingeniería rural básica de bajar cocos a punta de pedradas o si es una de esas habilidades que se olvidan con los años. 

A veces quisiera caminar por algún sitio y que un loro desconocido me silbe ‘fuifuiu hooola lorito hoola’ -tal parece que éste es el lenguaje materno de los loritos venezolanos-, o sentarme a comer mango de hilacha y que el líquido me derrame por los brazos y me manche la camisa, comerme un pescado frito entero que sepa mejor sólo porque se come descalzo y con los pies en la arena. Y me pregunto si a Doña Pancha todavía le quedará sabroso el sancocho en Chichiriviche o si por fin cumpliré mi deuda pendiente de subir al Roraima. 

Entonces entiendo a aquella señora portuguesa que después de treinta años en Venezuela no perdió su acento y andaba por la vida hablando en portuñol, criando a sus muchachos en mi tierra, progresando y cambiando. Aquella que decía que nunca quiso volver, pero cuyas lágrimas brotaban al recordar a su Madeira natal ¿qué pensaría ella antes de irse? ¿Cuáles serían sus planes? ¿Cuánta nostalgia escondieron sus años? Yo la recuerdo a ella y a todos esos que llegaron a la tierra de mis melancolías, porque la mayoría nunca volvió a vivir en sus países de origen, se les pasaron los años construyendo una vida nueva y, cuando Europa y el Cono Sur se recuperaron, ya eran demasiado extranjeros en sus tierras y cada vez menos foráneos en las mías, porque sus hijos crecieron con otros acentos y otras costumbres, y porque a veces simplemente es muy tarde para dar vuelta atrás. 

En unos días cumpliré cuatro años sin pisar mi suelo, sin bañarme en mi mar, sin ver mis paisajes, y aunque nunca me haya planteado mirar atrás, me gustaría tener la opción de regresar, en lugar de la desazón de recordar algo que desapareció, y que al parecer, no volverá jamás.

2 comentarios:

Oswaldo Aiffil dijo...

Para qué te miento si me puse a llorar? Besos mi bellita.

Acerina dijo...

¡Tanta gente que se ha ido! ¡Tanta nostalgia!

No sé lo que se siente, porque nunca he estado fuera por más de 10 días, je je je

¡Comprendo y respeto tus sentimientos!!!

Estoy segura que aunque estés construyendo una vida maravillosa en Santiago, y tengas muchos éxitos, "la tierra propia siempre se lleva en el corazón", como decía mi padre.

No dejarás de extrañarla, sólo se te hará más llevadero con el tiempo.

¡Besos, abrazos y buena energía!

¡Venezuela te esperará siempre con los brazos abiertos!

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