23 de enero de 2017

Divagaciones

De algún modo todas eras tú, en todas estabas tú, omnipresente, como si la distancia, el desamor y el olvido no hubieran cruzado nunca de una orilla a otra aquel río que fuimos. Ahí estabas en la que hablaba francés y sonreía mientras hacía crepes sorpresas para mi cansancio, podía olerte en aquella que gemía en la habitación de al lado despertando a todo el barrio con aquel chico malo que la compartía conmigo generosamente, esa que se regalaba consciente de que entre él y yo podíamos regalarle un mundo de sensaciones distintas que complementaran su placer en maneras que pocas personas habían experimentado. Ahí estabas cuando alguna otra me iluminaba con su sonrisa y tocaba a mi puerta ofreciéndome strudel de de manzana recién horneado, con su manera sutil de enamorarme que yo no entendí hasta que me la dibujaron claramente los conocidos y luego me llevó al bosque para dejarme perpleja con sus nombres de mariposas y especies de insectos varios. Eras tú en la de los libros y los tatuajes que parecía ruda y sonreía, amaba y abrazaba con la dulzura de un niño de cinco años que ve a su mamá después de una noche en casa de los abuelos. Estabas en los domingos de leer sin ropa, pasando frío y haciendo insinuaciones irrepetibles que acumulaban el deseo y que siempre terminaban en una explosión de acciones indecibles en boca de niña decente. Tú, la que sabía de economía y era hermosa como jezabel, con sus caderas de serpiente tintineando monedas en ritmos árabes, impregnados de una hembra fenomenal e inteligente que nunca logró despertar en mí el más mínimo deseo. Estabas ahí cuando la chica del sur con su poca ciencia, sus pocos comentarios interesantes y su poco atractivo físico se fue desvistiendo a capas para enseñarme que podía compensar sus tantas faltas con otras cualidades que se aprenden con la experiencia de quien ha mojado cientos de sábanas, mientras otros dejan sus ojos en las librerías. Tú en la que siempre fue la amiga de aquella otra con la que sí fuimos y que cuando todo acabó, atacó con total falta de sutileza para avisar que siempre había estado ahí, esperando ese final para intentar otro comienzo. Estabas tú en los ojos azules de la que contaba historias y hablaba de política maldiciendo a los pasaportes, los muros, las faltas y las gentes que nunca se daban cuenta de nada, que vivían como en un mundo feliz ignorando todas las conspiraciones que nos rodeaban. Estabas tú en el beso de la muchacha aquella que sonreía por las mañanas y dejaba notitas con corazones por toda la casa, y cigarrillos, y copas de vino regadas por la vida para agradar a quien la quería. Estabas tú en todas esas mujeres hermosas, inteligentes, pecaminosas, llenas de vida, recorridas, ávidas de experiencias y de besos. Estabas en aquella que susurraba “hazme llorar” al oído, antes de entregarse entera a lo que venía, estabas en la de los dibujos sobre la mesa, en el cuaderno, en la espalda, en la pared, que aquí, que allá, que es una necesidad. Estabas, estás, como un camino que siempre recorro, dónde te busco, dónde te encuentro, qué si existes, que si te inventé. Estás aquellas que besaba, que dicen que me extrañan, que nunca saben si me tuvieron - claro que no, ‘tener’ es después de todo un acto de egoísmo - o si era cierto lo que presentía que estando con ellas de pronto me perdía y me dejaba llevar por una fuerza invisible y me perdía en algún pensamiento, un cuerpo, una locura, el presentimiento, la libertad. Y es que tarde entendí que para tener había que fingir distancia y despreocupación, cuidar afuera de la habitación y hacer destrozos dentro de ella, que en esta distancia autoimpuesta que me envenena, las tuve a todas, mientras la buscaba a ella.  

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