24 de abril de 2015

Liebster Awards: ¡Todos somos ganadores!


Del Calor al Frío tuvo el lindo gesto de nominarme a los Liebster Awards, hace años que no sabía lo que era eso de los Blogs Awards que en algún momento fueron muy divertidos y hasta pseudo-famosos. Les confieso que me emocionó recibir el mensaje diciéndome que me habían nominado y sonreí un ratico, así que gracias muchachos 

Sin mayores parsimonias, paso a materia para contarles de qué va esto. Las normas son las siguientes:

  • Agradecer la nominación
  • Colocar el sticker del premio en mi blog 
  • Nominar blogs que se merezcan este premio y avisarles que han sido nominados.
  • Hacerles 11 nuevas preguntas.
  • Responder las 11 preguntas que me dejaron Karla y Fer en su nominación: Aquí vamos...
  1. ¿Cuál ha sido tu artículo más difícil de escribir? Es una pregunta bastante difícil considerando que mi blog cumplió recientemente diez años ¡wow! de no ser por este post no me doy cuenta. En una década es mucho lo que se escribe y lo que se madura (mejor no me lean mucho hacia al pasado), pero si tuviera que escoger uno de épocas recientes, sin duda alguna sería A un año de mi partida. Me costó tanto que lo tuve durante un mes dándome vueltas en la cabeza ¿qué decir? ¿qué omitir? ¿cómo hacerlo amigable? Al final salió un pergamino con el que me sentí bastante satisfecha. 
  2. ¿Dónde encuentras inspiración? En la cotidianidad, puede ser que algún día me anime a escribir un poema y lo publico, pero en general son cosas del día a día, experiencias y vivencias. En los últimos años, me he inspirado más en cosas que me hacen reflexionar y que escribo para sacar de mi sistema.
  3. Una lección que hayas aprendido con tu blog: Escribir es una forma de relacionarse.
  4. El tema que más te apasiona: No puedo escribir uno solo, diría que la política, pero no escribo solo de eso, así como no escribo solo de amor, por ejemplo. Me tranzo con la experiencia de vivir. 
  5. Una cualidad que todo blogger debe tener: Escribir con cariño. Creo que un buen bloguero no es el que escribe a diario para mantener un alto número de visitas, sino aquel que lo hace con cariño. El post bien pensado y bien sentido, se conecta más con la gente, y aunque quizás haya un número menor de lectores, se propicia el debate, el feedback, la conexión. Puede ser que de menos frutos en términos numéricos, pero también pueden ser mejores en su sabrosura. 
  6. ¿Algún artículo que nunca publicaste? Varios, a veces tienes una idea en mente y entre una cosa y otra nunca la escribes, otras veces hay algo que quieres "exorcizar" y luego decides quedarte callado.
  7. Una manía para bloguear: Mi cama y una ventana. Tengo esa manía, suelo escribir mis posts en la cama, usualmente de madrugada o justo al levantarme, si el tema es complejo, escribo un par de frases y miro por la ventana, medito y sigo. 
  8. Si pudieras escribir otro blog ¿cuál temática tendría? Probablemente sería un blog con temas más serios y bien organizado, no esta especie de diario que voy llevando. Me gustaría hablar del medio ambiente, sustentabilidad, lugares para conocer y deportes al aire libre. 
  9. ¿A quién invitarías a escribir en tu blog? A Naky por su tino para escribir relatos y a Oswaldo por su suavidad. 
  10. La característica que hace único a tu blog: No soy muy buena en eso de echarme flores, pero diría que es escribir lo que siento. En un par de ocasiones alguien me ha dicho que le hecho llorar y, aunque no sea algo bueno, me hace sentir que al menos transmito algo. 
  11. Algo que te gustaría mejorar o agregar en tu blog: Me gustaría volver a escribir semanalmente, de una forma más estructurada y menos subjetiva, pero uno siempre deja todo para después y nunca parece haber suficiente tiempo. Creo que con los años he mejorado, pero me falta técnica. 


Mis nominados son:
Yo les pregunto:
  1. ¿Cómo nació tu blog?
  2. ¿Por qué escribir?
  3. ¿Qué representa el blog para tí?
  4. ¿Hay algo que tu blog te haya dejado fuera del mundo 2.0?
  5. ¿Sientes que tu blog ha evolucionado contigo?
  6. ¿Tienes alguna especie de ritual para escribir?
  7. ¿Escribes para que te lean o escribes para tí mism@?
  8. ¿Sientes que tu blog tiene influencia para promover que la gente reflexione algunos asuntos?
  9. ¿Dónde crees que radica el éxito de un blog?
  10. Mirando hacia atrás ¿cambiarías algo de lo escrito?
  11. ¿Hay algún tema que tengas pendiente para escribir?

24 de marzo de 2015

Colores

El Caribe y sus colores, Venezuela y sus paletas, Caracas y sus tonalidades. ¿Una manera extraña de empezar un post? un asunto difícil de describir. Hace un tiempo comentaba acerca de los colores de Caracas y un conocido lo vio con malos ojos, porque asumió que yo le hacía promoción a la ciudad como si de un paraíso se tratara, quizás él pensaba que yo estaba haciendo una publicidad engañosa por no hablar en esa oportunidad del "infierno" que es la ciudad.

Vamos al grano, Caracas es ... Caracas. Todos le conocemos sus males y si uno ha salido del país es precisamente porque se los conoce a fondo, pero ¿nos impide eso recordar que también hay cosas buenas? Yo no creo que la vida venga en blanco y negro, todo tiene cosas buenas y cosas malas. Las ciudades, paradisíacas o infernales, no están exentas de ello. 

No sabría decir si lo que les voy a contar me sucede solo a mi porque siempre pienso demás o si es una experiencia común para quienes han emigrado, pero lo cierto es que aunque mi ciudad y país actuales tienen cosas tan geniales que provoca explorarlos infinitamente, tienen un punto en contra: carecen de color. Y no digo esto como un pero, sino como el punto de partida de una reflexión.

Curiosamente, luego de salir de Venezuela comencé a caer en cuenta casi por casualidad de varias cosas, por ejemplo, hay maneras que tiene el cielo de ser oscuro que son sencillamente inexplicables para la imaginación de un Latinoamericano. Es algo que va mucho más allá de ese hecho incómodo de que en invierno la noche llegue a las cuatro de la tarde, se trata de una oscuridad que les juro nunca había visto, un cielo que pocas veces se ve estrellado y unos días que son grises, simplemente grises.

Del mismo modo que es casi imposible hacer que alguien que no ha vivido un invierno entienda a qué me refiero, también es bastante difícil que un europeo entienda a qué se refiere uno cuando habla de cosas como un atardecer en la playa (ya lo intenté y no hubo manera). Eso es casi tan complicado como explicarle a un niño de campo lo que es el mar ¿cómo le explica uno a alguien lo que es el mar? su olor, su sonido, su sensación, sus colores.

Ya lo sé, estoy divagando, pero son las 4:00 a.m. y tengo que sacar esto de mi sistema. Es sorprendente como la naturaleza y los estilos pueden variar tanto de un lugar a otro, aquí por ejemplo es muy común que la gente se vista de colores neutros y los abrigos de invierno los hacen ver más elegantes, aunque debajo parezcan unos mamarrachos (poniendo un ejemplo extremo), pero es poco usual ver gente vestida con ropa de colores vivos.

Esta sobriedad de colores también se repite en la naturaleza, por ejemplo, me he dado cuenta que desde que llegué aquí no he visto a un solo pajarito de colores, se los juro ¡ni uno! he visto pájaros negros, grises, blancos, marrones o con alguna combinación de esos colores, pero no he visto al primer pajarito amarillo como un canario o alguno semejante a un azulejo, ni que pensar de algo parecido a un turpial, un loro, una guacamaya o un cardenalito. 

La misma cosa sucede con otros escenarios, cuando el cielo aquí se pinta azul,
se pone de un azul bien bonito, aunque es un azul distinto al azul criollo. La verdad es que tampoco sé cómo explicarles esto, pero es así. He visto árboles que ni en primavera llegan a tener sus hojas completas, grama que nunca se pone completamente verde, matas que como que nunca echan flores de colores. Aunque ciertamente hay áreas verdes espaciosas y bonitas, de algún modo parecen menos coloridas que las nuestras. Seguro alguien que haya emigrado a Miami o Panamá, pensará que yo estoy loca, pero quizá alguno que se haya ido al viejo continente lo entenderá. 

Quizás por esa ironía que nunca hubiera imaginado posible antes de embarcarme en esta aventura, es que a mi ahora me parecen más vivos los colores de nuestro país. Antes de que empiecen, no es propaganda, ni añoranza, ni impertinencia, es un hecho. Quizás sea un poco de idealización, pero lo cierto es que un buen día me sorprendí cayendo en cuenta de que uno dice que las playas de Río Chico son feas, pero en realidad pasado el espacio de mar revuelto, el agua es bastante azul, es decir, la playas de la zona realmente no son feas, simplemente son menos bonitas y limpias que aquellas que normalmente acostumbramos. Yo siempre fui amante de la playa, así que nunca he dejado de extrañarla, pero ahora caigo en cuenta de lo azul que es el mar y comienzo a comprender el significado de ser caribeño y a qué se refiere la gente cuando hablan de paraísos tropicales - si nos olvidamos por un segundo de todo lo malo -, porque el asunto de los colores es un patrón repetido no solo con los pájaros y el mar, sino con las matas y otros elementos de la naturaleza, es por eso que ahora aprecio más esas memorias que me traen apamates, riqui-riquis, Araguaneys, matas de mango y los verdes del Ávila. 

Es como si el mundo fuera más policromático cuanto más cerca se está del Ecuador. Evidentemente yo estoy descubriendo América en un vaso de agua, porque si no, la gente que vive al norte no soñara con vacaciones en el Caribe. Y creo yo que esos colores tienen que formar parte de lo que uno es y afectar nuestro comportamiento del mismo modo en que lo hace el clima, porque uno experimenta tonalidades, vistas y sabores de los cuales otros no tienen idea, como el jugo de caña con su verdor y su dulzura o un atardecer de Juan Griego; algo que al intentar explicarlo sorprende tanto a un europeo como lo confunde a uno el tema de comer frutas por temporada o de las "berries", esos frutos que los alemanes salen al campo a recolectar y que viene en un montón de sabores distintos y de los cuales uno la verdad no es que tiene mucha idea. 

En definitiva, cada latitud tiene sus maravillas y sus carencias, casi como si se tratara de seres humanos en lugar de ubicaciones geográficas, pero puesta a reflexionar, del norte me quedo con la calidad de vida y del sur con sus colores. 

17 de diciembre de 2014

Aprender a pensar diferente

A veces quisiera que todos tuviéramos la oportunidad de emigrar aunque fuera solo por un año. Conocer otros países, otras costumbres, otra gente, es una oportunidad que cambia muchas cosas y que nos enseña a pensar diferente. Creo que fue Unamuno quien decía que "el fascismo se cura leyendo y los prejuicios se curan viajando" y vaya que tenía razón, por lo menos en lo segundo. 

Nuestro gentilicio está lleno de cosas maravillosas, como el cariño o la amabilidad, pero también de una cantidad de cosas que hoy en día veo como defectos. Hablo en este caso de nosotros, los venezolanos, porque es donde nací y lo que más conozco, es parte de lo que soy y lo que he sido. Nosotros que sufrimos comúnmente de un engreimiento feroz y una soberbia terrible. El venezolano suele creer que es el único que tiene la razón en todo, que "se las sabe todas", por ende es difícil aprender, porque no nos vemos en un espejo y reflexionamos sobre nosotros mismos, y eso es lo que el extranjero te enseña: a mirarte a ti mismo en un mundo real y lejos de tu zona de confort. 

Desde que salí de Venezuela una de las primeras cosas que noté y que al principio se me hacían un tanto incómodas era la falta de títulos, usted es fulanito de tal a secas, aquí nadie es doctor (ni de verdad, ni de mentira, ni con doctorado, ni sin él), profesor, jefe, consultor, director, a veces ni siquiera señor. Entonces cuando te toca referirte a un profesor de la universidad o a tu jefe solo con la desnudez de su nombre tu te sientes desubicado, sientes que hay algo en la estructura de poder que se perdió y se te hace complicado explicar la existencia de ese pedestal invisible, como el de los profesores que dan clases sobre un escalón y su invariable reafirmación de autoridad: yo soy el profesor y sé más que tú, sí más que tú, el que nunca le pone un 20 a nadie porque solo Dios es perfecto ¿quien no escuchó alguna vez a algún profesor decir la segunda parte?

Salir del país es encontrarte en la inmensidad del mundo y darte cuenta de la patria es un conuco con cerca de alambres en medio de un hato inmenso en el que se dan muchas siembras distintas. En esa vastedad hay de todo, gente de todos colores, de todos orígenes, de costumbres variopintas, de religiones que uno ni sabe que existen, hay países en donde se come el seco con cucharilla, en donde tocarle la cabeza a otra persona es un símbolo de irrespeto, hay países en los que en el mismo vagón del metro viajan el negro, el blanco, el judío, el musulmán, la negra africana con su traje de colores extravagantes, el homosexual con su pareja, la tipa que va llena de tatuajes y piercings, sin que ninguno voltee a mirar al otro con desprecio o a hacer un chiste que lo ridiculice. En donde el travesti te sirve el café y si lo miras mal el del problema eres tú. Eso es mundo, mucho mundo que hay más allá del Mar Caribe y en esa inmensidad, tú y yo somos un par de granos de arena.

Crecimos con la absurda idea de que tenemos las mujeres más bellas de mundo, las playas más bellas del mundo, uno de los países más ricos del mundo y tantos otros "más bellos y mejores". Cuando de política se trata, todos sin distinción usamos frases como "para que el mundo se entere" "el mundo sabe". Lamento ser portadora de malas noticias, pero el mundo más allá de Latinoamérica no tiene mucha idea de que hay un país que se llama Venezuela. Les juro que no quiero ser pedante, pero la verdad es que más o menos el 80% de las personas que he conocido, no saben que el país existe, no saben que tiene petróleo, mucho menos tienen idea de su situación política y si saben que Venezuela existe, en la mayoría de los casos no saben ni donde queda -usted podrá llamarlos ignorantes, pero la verdad es que esos ignorantes son mayoría-, entonces te sueltan frases como ¿eso es en África?, ahh sí eso queda por Asia ¿no?. Como comentábamos varios amigos, más de una vez nos ha tocado recurrir al recurso del vecino: ¿sabes dónde queda Brasil? - Sí, en Suramérica ¿y sabes dónde queda Colombia? -Sí, en Suramérica, bueno, en el medio hay un país que se llama Venezuela, de ahí vengo yo. 

Ese es un ejercicio que convierte tu ego en un colador y hace que se te espiche rapidito, y que a mí particularmente, me hace pensar qué habría pasado con nosotros si en lugar de pasar tanto tiempo mirando hacia el norte y preocupándonos por los demás, hubiésemos invertido ese tiempo en mirarnos a nosotros mismos y en construirnos a partir de nuestra propia historia. 

Por otra parte, con el ego desinflado e insertándote en una sociedad distinta, aprendes a adaptarte y a ver el mundo de otra manera. Aprendes que una mujer puede ser perfectamente valorada aunque no ande con las uñas perfectamente pintadas y no amanezca en la oficina vestida como una miss. Aprendes que lo que hace el vecino no es problema tuyo, ni problema del vecino lo que hagas tú, es más, al vecino, al pana, al compañero de trabajo, le interesa muy poco lo que haces, cuáles son tus hábitos, cuántos hermanos tienes, con quien te acuestas. Ese tipo de cosas hacen que te vuelvas más callado, que como decía ayer un amigo "aprendas a medir lo que dices", uno se da cuenta que compartimos demás y con detalles cosas de nuestras vidas con los demás, a veces sin querer puede hacer un comentario pasado de tono o inapropiado porque en nuestro país somos así y no nos damos cuenta de la seriedad con la que otros toman sus situaciones. Resulta que así como uno siente que hay quien llega a opinar de lo nuestro sin saber, la verdad es que muchas veces uno opina de los asuntos de los demás sin saber. Cada país con sus realidades. 

He entendido una cosa más, no creo que el que llegó a Venezuela con una mano adelante y otra atrás sea mejor, más inteligente o más trabajador que el venezolano, es más, no creo que el venezolano sea flojo. Comprendí que hay una ley simple: el emigrante tiende a destacarse porque al estar lejos de lo suyo, sin familia, sin plata y sin apoyo, sólo tiene una opción: trabajar muy duro. Porque como emigrante dejaste todo atrás, el vive en el país donde nació, ya tiene su lugar propio y sus derechos y sus comodidades, tú eres un recién nacido sin mamá y eso puede hacer que te destaques más. Entonces no eres mejor, ni peor, simplemente eres emigrante con todo lo que eso conlleva, incluyendo esforzarte el doble. 

La verdad es que durante el tiempo que llevo afuera no he dejado de aprender y de sorprenderme. Les contaré una anécdota: hace unos días me invitaron a un almuerzo navideño de trabajo y resultó que "los mesoneros" eran los gerentes de todos los departamentos, ellos sirviéndole la comida al pasante, el trago a la señora que limpia, recogiéndole el plato al empleado. Pasó una hora en la que yo me sentía como pajarito en grama, saqué -como me dijeron ayer- el sombrero de cogollo y las alpargatas, y le ofrecí ayuda a mi gerente, porque en mi cabeza criolla no cabía muy bien la idea de que tu jefe tenga un gesto de servicio contigo, pero mi ayuda fue rechazada porque "esto es un homenaje al trabajo del equipo que labora aquí". Y entonces recordé que desde que llegué aquí no he vuelto a escuchar frases como "por órdenes de..", "porque yo lo digo"; esos sonidos que hoy se me hacen tan lejanos, fueron reemplazados por "¿qué proponen ustedes?" "¿qué les parece sí?", "un manager está para apoyar al equipo, no para darle instrucciones". Pero más que escucharlas, las hacen realidad, la verdad es que nunca más alguien me dio una orden y si sienten que son superiores e infalibles porque tienen cargos mayores al mío, nunca lo han dicho en voz alta o demostrado con sus acciones. 

Esta anécdota me hizo pensar además que nosotros somos como una constante cadena de mando, en la cual uno tiene que demostrar ser el macho alfa de la camada, 24 horas al día los 7 días a la semana, yo jamás vi a un gerente servirle un trago a alguien ni siquiera por cortesía en una fiesta, yo nunca escuché que a alguien se le consultara algo. Es como si aquello de "la letra con sangre entra" se nos hubiese quedando instalado en el alma para siempre y en un contexto mucho más amplio que la cultura, y yo no creo que eso sea bueno para un país, porque entonces vivimos en una constante lucha no solo por tener el poder, sino por ejercerlo y ejercerlo de ese modo que implica de algún modo disminuir al otro, como en una constante cadena de violencia psicológica, de la ley del más arrecho, que es peor que la supervivencia del más apto. 

En fin, ojalá que pudiéramos viajar y conocer y aprender, salir de las cuatro paredes que nos rodean y entender que el mundo es inmenso, que hay muchas maneras de entenderse, que aceptar las diferencias es una forma de respeto que inicia el diálogo, que hay diversas maneras de pensar y ninguna de ellas es menos válida. Creo que si todos pudiéramos salir del país aunque fuera por un año, nos empezaríamos a curar de las faltas de respeto, de la violencia verbal, de la necesidad de ser más que los demás, de la "estatutitis"; pero lo más importante, si todos pudiéramos viajar nos darían un baño de agua fría diaria que nos obligara a ser más humildes y con ello más tolerantes, y ese mi gente, puede ser un principio que de paso al verdadero respeto y reconocimiento del otro, en todas sus dimensiones. Creo que entonces podríamos ser un país mejor. 

14 de setiembre de 2014

A un año de mi partida (porque emigrar es un proceso)

Emigrar, esa palabra que desde hace algunos años se convirtió en un tema recurrente en la conversación y la mente de muchos venezolanos, especialmente de los más jóvenes. Ese algo que se toma a la ligera con la idea de que todo en otra parte es mucho mejor. Hoy, a un año de haber emigrado, amanecí con la sensación de que necesito hablar de esto con más calma, y aquí voy. 

En 2006 cuando recién terminaba mis estudios de derecho, muchos compañeros se fueron inmediatamente al extranjero para hacer postgrados, yo a pesar de las presiones y de la insistencia de muchos, decidí quedarme, decidí que salir de Venezuela no era una opción para mí, que quería vivir y morir allá y que salir, aunque fuera un par de años no estaba entre mis planes. Pasados unos años decidí que quizás hacer un postgrado afuera no era tan mala idea después de todo, así que me embarqué en la maravillosa aventura de estudiar inglés en Canadá -un paso previo necesario para entrar al postgrado-, esos fueron sin duda, meses de extrema felicidad para mí. Hasta ese entonces, aún pensaba que podía estudiar y tal vez regresar a Venezuela al terminar para construir un mejor futuro allá. Regresé para hacer todos mis trámites y volver a hacer mi postgrado, pero como dice mi mejor amigo "si quieres hacer reír a Dios, haz planes". La vida se encargó de írmelos cambiando a su placer y así fue como terminé del otro lado del charco, estudiando un postgrado en algo muy distinto a mi carrera. 

Los meses previos a la salida no fueron fáciles, hubo mucho estrés, muchos papeleos, mucho sacar cuentas, al derecho y al revés, se puede, no se puede, cómo hacemos; y es que después de todo, tomar los ahorros de toda la vida y salir del país por los propios medios, cuando se es clase media, no es fácil. Sin colchón parental con cuenta en dólares, así, sola, contra el mundo. Cadivi representó un dolor de cabeza que pareció y parece ser una especie de migraña crónica, respuestas retardadas y peros por doquier, como si la ciencia fuera entorpecer y, en ese calvario he ido ganando experticia mucho después de haberme bajado del avión. 

Aquí debo hacer una pausa importante y necesaria, antes de emigrar vemos fotos de amigos, los vemos regresar al país de vacaciones y nos parece que el extranjero es un paraíso completo, que todo va a ser fácil y sencillo. Los amigos suelen regresar de vacaciones y hablar de lo bien que viven, generalmente el único pero es que no se rumbea igual o que la gente no es igual. Es por eso que yo debo agradecer profundamente a las tres personas que tuvieron la franqueza de hablarme del proceso de emigración con toda sinceridad, una tía que más que tía ha sido un ángel, quien no sólo me prestó apoyo de todo tipo, sino que también solía hablarme de su experiencia e incluso llegamos a tener discusiones épicas cuando yo consideraba que ella estaba muy apegada a Venezuela. 

En ese mismo orden de ideas, un primo que siempre ha sido como mi hermano, junto con su pareja, se sentó conmigo una noche, cuando yo anuncié mi decisión de emigrar - mucho antes de que los planes se materializaran- y me hablaron tanto de su experiencia, en toda su crudeza que en algún momento tuvieron que aclarar "no te estamos desalentando, sólo queremos que sepas que no todo es color de rosa". La conversación fue fuerte y por momentos parecía más bien un manual de todo lo malo que le puede pasar a un emigrante. No lo niego, fue un shock, pero a cada paso de mi experiencia, la he recordado y agradecido incansablemente. No tengo la excusa de decir "nadie me dijo que podía ser así"

Acabada la pausa, prosigo: Los últimos días antes de partir, estuve constantemente teniéndole miedo al cuero después de haber matado al tigre. Desde el día en que recibí la admisión de la universidad, lloraba un poco cada noche, mientras le decía a mi perro que lo amaba, le pedía perdón por lo que iba a hacer y le pedía que cuidara a mi mamá. Vaciar mi cuarto, meter veintinueve años de vida en dos maletas y un morral, decirle adiós a lo conocido, a los afectos, ver a mi perro aullar cuando me despedí de él sin querer dejarme venir (él lo sabía, yo sé que lo sabía) y abrazar a mi mamá en ese adiós en el aeropuerto, fueron de las cosas más difíciles que me tocaron hacer. Yo soy sentimental, así que los papeleos, las angustias y el estrés, fueron un juego de niños al lado de la separación. 

Llegué a media noche, me bajé del avión, en un país desconocido, tomé mi tren con mis dos maletas pesadísimas y me pasé una hora esperando un taxi en medio de la fría noche, sin saber que al cruzar la calle tenía una línea llena de ellos. Llegué a mi nuevo hogar: un cuarto bonito y pequeñito, intenté desempacar mis ventinueve años para instalarlos en otra casa, traté de tender la cama con una sábana que no era un esquinero y así como por arte de magia, empecé a llorar porque no podía tender bien la cama. Lloré con una desolación hasta entonces desconocida para mí, no era la cama, no era el frío, era otra cosa, era yo en la inmensidad del mundo, sola, asustada y aturdida. Al día siguiente empezó una rutina que duró un tiempo, asombrarme durante el día y llorar en las noches antes de dormir, poco a poco me acostumbré y eso fue pasando, pero puedo decir con sinceridad que nunca en mi vida había llorado tanto como durante este año. 

La experiencia del emigrante ofrece unas contradicciones que aún se me hacen hasta cierto punto incomprensibles, por un lado encuentras la lágrima fácil en ciertas tonterías: un olor, un recuerdo, un sonido, un sabor; por otra parte, te fortalece, como creo que nunca en la vida otra experiencia me hubiese fortalecido. Después de separarme de todo lo conocido y lanzarme esta aventura, siento que soy capaz de sobrellevar cualquier cosa, ya no siento tanto miedo de la vida, me acostumbré a lo desconocido, a la incertidumbre, a los cambios y a las despedidas. En un año mi vida ha cambiado radicalmente, por lo menos tres veces, sin aviso y sin protesto. Me he despedido de tanta gente, que he aprendido a apreciar a cada quien en su espacio y en su tiempo. La incertidumbre se apoderó de mi vida hasta el punto de alterarme permanentemente el sueño, nunca más volví a dormir con esa sabrosura con la que lo hacía en la casa de mi madre, vivo con una constante ansiedad que es incómoda, pero también muy útil para impulsarme a superarme. 

Emigrar me ha ayudado a curarme de los prejuicios, he entendido por ejemplo que es falso que todos los alemanes sean racistas, por el contrario, se me han hecho gente bastante abierta y cálida. He comprendido que los italianos y españoles son como los latinos de Europa, se comportan muy parecido a nosotros, y me encontré a la noruega más bochinchera y cariñosa que debe existir en ese país. Reafirmé que los colombianos son lo más parecido que existe a nosotros, aunque más recatados, y me hice de una hermana nacida en esa tierra que es como tener a mis mejores amigos en casa. He aprendido a aceptar las diferencias culturales y a entender que cada quien tiene sus formas y maneras, sin que eso los haga mejores o peores, simplemente son distintos. He conseguido, afortunadamente, a gente maravillosa de todas partes del globo, pasando por el mismo proceso que yo y hemos aprendido mutuamente de culturas y comportamientos, placeres y sufrimientos. He recordado a mi mamá que siempre decía que a mi me iba a ayudar la facilidad que tengo para hacer amigos, yo nunca creí que la tuviera, hoy me he dado cuenta de que sí la tengo y de que tengo que agradecer esa capacidad. Nunca me ha faltado una mano solidaria, ni un abrazo, ni un amigo. 

Pero este proceso también tiene cosas duras, como llegar a un país en donde no eres nadie, nadie te conoce, nadie sabe quien eres y cualquier cosa que hayas hecho antes, por brillante que sea, a nadie le importa. Eso para mí, no fue tan difícil porque desde un principio me vine con la costumbre de mirarme al espejo por las mañanas y decirme a mi misma "mi misma, aquí no eres nadie, así que ponte los zapatos y sal a construirte de nuevo", pero he visto a más de un venezolano estrellarse con esa pared y golpearse bien duro. Aprendí a tener el corazón dividido entre dos países, uno huye de la vida diaria venezolana, pero no se separa de la angustia por lo que suceda allá y por quienes te quedan en el país de origen, tardé mucho tiempo en desarrollar un equilibrio que me permitiera vivir mi vida aquí, sin que lo que pase allá me afecte en mi día a día de aquí ¿suena egoísta? quizás lo sea, pero si no desarrollas eso, tienes demasiadas cosas para procesar y te conviertes en una permanente bomba de tiempo. 

Mi primer trabajo fue un karma: nueve horas diarias parada en un mínimo recuadro sin moverme para nada y sin tomar descansos, salvo para orinar, hicieron que los pies me dolieran permanentemente, que se me inflamaran tanto que mudara la piel como si me hubiese insolado, trabajar por turnos arruinó mi ya desestabilizado patrón de sueño. Lo odié profundamente, cada día, como nunca había odiado otro trabajo, pero también cada día me decía a mi misma "hay que comerse las verdes para luego comerse las maduras". Desarrollé el hábito de recordar cada día que ese sueldo mínimo me daba para mantenerme mucho mejor de lo que hubiese soñado en Venezuela con mi sueldo de abogada y así, asistí cada día a entregar lo mejor de mi, aunque cada día deseara que llegara pronto algo mejor ¡y llegó!  Afortunadamente, conseguí con quien desahogarme y ese hecho de saber que no eres el primero, ni el último que ha pasado por cosas complicadas en el proceso de emigración, es un apoyo increíble para desarrollar fortalezas. 

Este escrito, es un montón de ideas sueltas y confusas, mezcolanza de tantas cosas que pudiera decir, porque en vez de un año, tengo la sensación de haber vivido una década fuera del país. Tantas cosas buenas, tantas cosas malas, tantas experiencias. Aprender a compartir lo bueno y a callarse lo malo, a llorarlo en silencio, a no decírselo a la mamá. No es un tema de orgullo, es un tema de fortaleza, tiene que ver con no querer preocupar al otro y a su vez con el hecho de que una mamá tratando de confortarte es maravillosa pero también puede ser el punto de quiebre cuando estás pasando por un mal momento. Eso fue lo que confirmé cuando en un momento determinado me enfrenté ante el hecho de tener casa y trabajo hasta la misma fecha, de que Cadivi brilla por su silencio y de que me veía potencialmente sin casa y sin empleo para resolver. Como dicen que Dios aprieta, pero no ahorca, logré resolver todo exactamente cinco días antes de esa fecha límite y cuando lo hice dormí tranquilamente por primera vez, durante tres días seguidos, con una paz que también es indescriptible (como muchas de las experiencias que me han tocado vivir).  ¡Todo esto es tan complicado! 

Hoy escribo desde un cuarto mínimo y feo, con una vista maravillosa y me parece mentira que mi vida sea ésta, recapitulo y siento que pudiera escribir un libro con esta experiencia. He aprendido a pararme de frente a las dificultades, a mirarlas a la cara y decirles: tú no vas a poder conmigo. He aprendido a disfrutar la vida de una manera distinta, a encontrar cosas para hacer que impliquen poquísimos o cero gastos, a disfrutar las cosas simples, a vivir cada día -simplemente vivirlos-. Me he reconciliado con el placer de caminar en la calle durante la madrugada y su efecto sanador para muchos males. He crecido, he madurado, he llorado y he reído. No se qué pasará con mi vida en seis meses o un año, porque también he aprendido el valor del "como vaya viniendo vamos viendo", no porque quiera, sino por necesidad, una necesidad que termina ayudando mucho a desarrollar habilidades para lidiar con situaciones varias. El futuro viene en camino y ya lo iremos resolviendo, el pasado me ha fortalecido y el presente es una oportunidad. Si tuviera que describir mi emigración en una frase, tendría que ser: He aprendido. 

Seguiré aprendiendo, seguiré creciendo, espero llegar más temprano que tarde a la ansiada etapa de estabilidad, aunque algo me dice que cuando suceda extrañaré un poco la locura de estos tiempos. He vivido, vivido y vivido, pero nunca me he arrepentido. No ha sido fácil, pero siento que emigrar fue la mejor decisión que pude tomar. Y cuando me cuesta, recuerdo una célebre frase de Laureano Márquez que curiosamente él dirigió a quienes se quedaron, pero que yo la he hecho mía como un mantra: 

"No hay plan B, el único plan B, es  echarle bolas al plan A". 


25 de julio de 2014

Caracas te... ¿quiero?


Caracas: una palabra, una ciudad, un pensamiento aterrador, los recuerdos. Soy caraqueña de pura cepa, nací en el Hospital Universitario cuando todavía era un lugar para que la gente de la ciudad fuera a dar vida, en lugar de morir producto de un tiroteo. Caracas me vio estudiar, me vio crecer, me regalo experiencias.

Muchos de los mejores recuerdos de mi vida están en esa ciudad al sur del mundo con la extraña cualidad de producir en quienes la han habitado un incurable Síndrome de Estocolmo. Y es que Caracas es una ciudad para sentirse feliz, para maravillarse con el trópico, para admirar las palmeras, para ver llorar al cielo, para mirar hacia arriba y deleitarse con el azul, para perderse en la imagen del Ávila, para ver nacer los años nuevos desde las alturas, para verla de noche con la sensación de que las miles de lucecitas son una maqueta inofensiva ¿París ciudad de la luz? Caracas con sus barrios iluminados. Caracas con sus Cristofué mañaneros, con sus azulejos, con sus torditos, con sus bandadas de loros y guacharacas adornándonos las mañanas. Caracas con sus (mis) guacamayas atravesando la ciudad desde Petare hasta la Urbina, inocentes de las miles de tragedias que transcurren en su cotidianidad.

Esa es mi Caracas, la que nos sorprende de pronto con una obra de Soto, en la que los viejitos bailan salsa o juegan dominó en las plazas, la Caracas en la que la gente sale a correr tempranito, en la que cientos de personas se ejercitan bajo las estatuas de nuestros Próceres. La ciudad de irse a comer una "bala fría" o una arepa a las seis de la mañana después de una rumba, la del ron barato e inagotable, la de los teatros, la de la parranda, la de la cultura. La ciudad de la Universidad Central de Venezuela y su Tierra de Nadie, inigualable para acostarse a estudiar por las tardes; la de las aulas abiertas. La ciudad de la Universidad Católica con su bullicio en tono sifrino y en donde las partidas de truco se dejan para la casa porque están prohibidas en el campus. Mi Caracas, tu caracas... nuestra casa. 

Desafortunadamente, Caracas es también una de las ciudades más aterradoras del mundo, es la ciudad de la neurosis, del agotamiento, del smog, del ruido ensordecedor y perenne: motos, música, gritos, cornetas, autobuses, mentadas de madre. Es la ciudad de la tristeza, en la que en cada esquina una madre llora la partida de un hijo que nunca volvió porque de regreso a casa se encontró con el cañón de una pistola. La ciudad de las colas interminablemente inhumanas, 2 horas, 3 horas, ya no llego a la oficina ¡coño es que está lloviendo! ¡ya esta vaina se volvió un caos! A alguien se le cayó el rancho, otro se quedó sin nevera porque la lluvia se la llevó y apareció en la mitad de la Carretera Panamericana. Caracas es la ciudad del "menos mal que no te pasó nada", "avísame cuando llegues", "guarda el celular", "camina rapidito", "mira pa' los lados", "secuestraron a fulanito", "mataron a sutanito". La ciudad del estatus repetido en facebook: "un motorizado me robó el teléfono, borren mi número y pásenme los suyos por privado". Caracas es la ciudad en la que se baja la mirada, en la que no se busca peo, en la que si te roban mejor entrega el teléfono porque "lo material se recupera". La ciudad del Guaire lleno de indigentes y prostitutas, ese río sucio y terrorífico del que pocos han salido vivos, uno que algún gobernante con aspiraciones de ladrón de cuello blanco nos prometió limpiar. Caracas es la ciudad que poco a poco se queda sin libros, sin papel, sin comida, sin gente, sin ganas de ser ciudad, sin alguien que le haga un cariño. Caracas es una ciudad que todos dicen querer y nadie quiere cuidar. Hundida entre cerros de basura, hedionda a pólvora y a sangre, a alcohol, sonrisas y lágrimas. 

Caracas es, en fin, como una mala relación de pareja. Si alguna vez la amaste, no la olvidas. Cuando piensas en ella tiemblas en una aterradora mezcla de emoción y miedo, de alegría y tristeza, de orgullo y dolor. Ella te golpea, te maltrata, te agota, te agobia, te ahorca, te ahoga y al día siguiente te amanece, te sonríe, te hace brisa y te saluda. Caracas se queda con los afectos de quienes la abandonaron, es una ciudad que termina contigo y te deja sin nada, sin amigos, sin casa, sin familia... te lanza al mundo, te deja solo contigo. Caracas es una ciudad que nos deja necesitando rehabilitación y psicoanálisis, es una relación amor-odio constante. Caracas es humana e imperfecta.

¡Ay mi Caracas! Te extraño y te quiero querer, tanto como te quiero olvidar. Gracias por tanto, gracias por nada. Inagotable, entregada. Feliz cumpleaños mi Caracas cotidiana, bipolar... maltratada. 

26 de junio de 2014

El roce


"Hemos llenado el mundo de ruido y nos hemos apretado en las ciudades, pero sobre todo procuramos desesperadamente que ese abrumador espacio que es la cama se pueble con otra respiración, alguien que tosa, ría, se despierte en la madrugada buscando el vaso de agua a tientas, y en algún momento nos roce con el pie, casi por equivocación, seguramente porque la cama en realidad no es tan grande. Ese milimétrico roce de la piel parece salvarnos de ese abismo cotidiano que es la noche: la escenografía más operática de la soledad. Somos devastadoramente frágiles. Se nos siente la costura con demasiada facilitad". 
Leonardo Padrón - Kilómetro Cero