24 de marzo de 2015

Colores

El Caribe y sus colores, Venezuela y sus paletas, Caracas y sus tonalidades. ¿Una manera extraña de empezar un post? un asunto difícil de describir. Hace un tiempo comentaba acerca de los colores de Caracas y un conocido lo vio con malos ojos, porque asumió que yo le hacía promoción a la ciudad como si de un paraíso se tratara, quizás él pensaba que yo estaba haciendo una publicidad engañosa por no hablar en esa oportunidad del "infierno" que es la ciudad.

Vamos al grano, Caracas es ... Caracas. Todos le conocemos sus males y si uno ha salido del país es precisamente porque se los conoce a fondo, pero ¿nos impide eso recordar que también hay cosas buenas? Yo no creo que la vida venga en blanco y negro, todo tiene cosas buenas y cosas malas. Las ciudades, paradisíacas o infernales, no están exentas de ello. 

No sabría decir si lo que les voy a contar me sucede solo a mi porque siempre pienso demás o si es una experiencia común para quienes han emigrado, pero lo cierto es que aunque mi ciudad y país actuales tienen cosas tan geniales que provoca explorarlos infinitamente, tienen un punto en contra: carecen de color. Y no digo esto como un pero, sino como el punto de partida de una reflexión.

Curiosamente, luego de salir de Venezuela comencé a caer en cuenta casi por casualidad de varias cosas, por ejemplo, hay maneras que tiene el cielo de ser oscuro que son sencillamente inexplicables para la imaginación de un Latinoamericano. Es algo que va mucho más allá de ese hecho incómodo de que en invierno la noche llegue a las cuatro de la tarde, se trata de una oscuridad que les juro nunca había visto, un cielo que pocas veces se ve estrellado y unos días que son grises, simplemente grises.

Del mismo modo que es casi imposible hacer que alguien que no ha vivido un invierno entienda a qué me refiero, también es bastante difícil que un europeo entienda a qué se refiere uno cuando habla de cosas como un atardecer en la playa (ya lo intenté y no hubo manera). Eso es casi tan complicado como explicarle a un niño de campo lo que es el mar ¿cómo le explica uno a alguien lo que es el mar? su olor, su sonido, su sensación, sus colores.

Ya lo sé, estoy divagando, pero son las 4:00 a.m. y tengo que sacar esto de mi sistema. Es sorprendente como la naturaleza y los estilos pueden variar tanto de un lugar a otro, aquí por ejemplo es muy común que la gente se vista de colores neutros y los abrigos de invierno los hacen ver más elegantes, aunque debajo parezcan unos mamarrachos (poniendo un ejemplo extremo), pero es poco usual ver gente vestida con ropa de colores vivos.

Esta sobriedad de colores también se repite en la naturaleza, por ejemplo, me he dado cuenta que desde que llegué aquí no he visto a un solo pajarito de colores, se los juro ¡ni uno! he visto pájaros negros, grises, blancos, marrones o con alguna combinación de esos colores, pero no he visto al primer pajarito amarillo como un canario o alguno semejante a un azulejo, ni que pensar de algo parecido a un turpial, un loro, una guacamaya o un cardenalito. 

La misma cosa sucede con otros escenarios, cuando el cielo aquí se pinta azul,
se pone de un azul bien bonito, aunque es un azul distinto al azul criollo. La verdad es que tampoco sé cómo explicarles esto, pero es así. He visto árboles que ni en primavera llegan a tener sus hojas completas, grama que nunca se pone completamente verde, matas que como que nunca echan flores de colores. Aunque ciertamente hay áreas verdes espaciosas y bonitas, de algún modo parecen menos coloridas que las nuestras. Seguro alguien que haya emigrado a Miami o Panamá, pensará que yo estoy loca, pero quizá alguno que se haya ido al viejo continente lo entenderá. 

Quizás por esa ironía que nunca hubiera imaginado posible antes de embarcarme en esta aventura, es que a mi ahora me parecen más vivos los colores de nuestro país. Antes de que empiecen, no es propaganda, ni añoranza, ni impertinencia, es un hecho. Quizás sea un poco de idealización, pero lo cierto es que un buen día me sorprendí cayendo en cuenta de que uno dice que las playas de Río Chico son feas, pero en realidad pasado el espacio de mar revuelto, el agua es bastante azul, es decir, la playas de la zona realmente no son feas, simplemente son menos bonitas y limpias que aquellas que normalmente acostumbramos. Yo siempre fui amante de la playa, así que nunca he dejado de extrañarla, pero ahora caigo en cuenta de lo azul que es el mar y comienzo a comprender el significado de ser caribeño y a qué se refiere la gente cuando hablan de paraísos tropicales - si nos olvidamos por un segundo de todo lo malo -, porque el asunto de los colores es un patrón repetido no solo con los pájaros y el mar, sino con las matas y otros elementos de la naturaleza, es por eso que ahora aprecio más esas memorias que me traen apamates, riqui-riquis, Araguaneys, matas de mango y los verdes del Ávila. 

Es como si el mundo fuera más policromático cuanto más cerca se está del Ecuador. Evidentemente yo estoy descubriendo América en un vaso de agua, porque si no, la gente que vive al norte no soñara con vacaciones en el Caribe. Y creo yo que esos colores tienen que formar parte de lo que uno es y afectar nuestro comportamiento del mismo modo en que lo hace el clima, porque uno experimenta tonalidades, vistas y sabores de los cuales otros no tienen idea, como el jugo de caña con su verdor y su dulzura o un atardecer de Juan Griego; algo que al intentar explicarlo sorprende tanto a un europeo como lo confunde a uno el tema de comer frutas por temporada o de las "berries", esos frutos que los alemanes salen al campo a recolectar y que viene en un montón de sabores distintos y de los cuales uno la verdad no es que tiene mucha idea. 

En definitiva, cada latitud tiene sus maravillas y sus carencias, casi como si se tratara de seres humanos en lugar de ubicaciones geográficas, pero puesta a reflexionar, del norte me quedo con la calidad de vida y del sur con sus colores. 

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