8 de junio de 2016

Una carta para Diana D'Agostino

Ayer tuve el desagrado de ver la entrevista donde la señora Diana D'Agostino, entre otras cosas dijo "... el gobierno está mal acostumbrado a que sus mujeres estén desarregladas, estén sucias, anden, tú sabes, sin maquillaje. No mira, las venezolanas no somos así...".

Si es verdad, Venezuela es un país con fama de tener mujeres bellas. Pero también es cierto que el fenómeno Miss Venezuela ha impregnado tanto nuestra sociedad que define muchos de nuestros patrones de comportamiento (no siempre positivos). Tal como recordé al escucharla hablar. 

Cuando estaba en preescolar, hubo una época en que mis compañeritos de clases me apodaban "pelota negra", porque era cachetona y morenita. Ese episodio se quedó impregnado en mi memoria y según recuerdo, ya a tan corta edad me generaba cierta angustia. 

Luego fui creciendo y mientras lo hacía me daba cuenta que en cierta forma era diferente a mis amiguitas, porque nunca fui lo que usted pueda llamar femenina. Siempre fui de cuerpo grueso, en parte por herencia familiar y en parte debido a los años de natación. No se puede tener espalda de hombre y ser sexy a la vez. El maquillaje lo descubrí como a los 23 años, los tacones no se me daban, la plancha y el secador llegaron a mi vida luego de los 28 años, porque al tener el cabello liso nunca me pareció necesario someterlo a tales maltratos. Además, siempre tuve una afición por la comodidad ¿para qué andar con falditas si los jeans son tan cómodos?

Como usted comprenderá, en una sociedad en la que la mayoría de la gente piensa como usted, el arte de la conquista tampoco fue mi fuerte. Precisamente porque los prospectos románticos andaban buscando siempre mujeres de esas "arregladitas". Mi absoluta falta de interés por la belleza, tuvo como consecuencia que en múltiples oportunidades los comentarios me hicieran sentir fea. Cuando estaba en la universidad, descubrí que había quienes a mis espaldas me llamaban "el man", porque según ellos yo era machorra. Cuando pesaba 55 kilos, ya la gente comenzaba a decirme con mucha frecuencia que hiciera dieta, que me veía gorda, que me cuidara ¿a quién en su sano juicio se le ocurre que una joven que pese 55 kilos pueda estar gorda? Esto sucede por el ideario colectivo de la belleza desproporcionada. 

Más adelante y ya en mi edad adulta, los episodios se hicieron más frecuentes. Así que tuve un jefe que con cierta frecuencia y hasta en tono de cariño, me decía "usted se está poniendo más gordita, debería adelgazar". ¿Qué le da el derecho a un completo extraño a decirle eso a alguien? Tuve compañeras de trabajo que llegaron a pasar horas tratando de convencerme de los beneficios de tener las tarjetas de crédito al tope de su límite, a cambio de tratamientos de belleza, maquillajes caros y ropa sexy. Nunca lo entendí, no me explico qué tiene de bueno endeudarse para ser bella. 

He visto quinceañeras pedir de regalo que les hagan las tetas, he visto a mujeres absolutamente hermosas sentirse gordas y feas. Y he leído con asombro (y hasta vergüenza, artículos en los cuales se reseña que Venezuela es un país en el que los maniquíes tienen medidas desproporcionadas ¿sabía usted eso? Se producen muñecos de estos con medidas únicas para nuestro país, porque se hacen más curvos, con más cadera, más senos y extremadamente delgados. 

La verdad es que también me vi a mi misma incontables veces frente al espejo, sintiéndome fea, sintiéndome gorda. Es inevitable que eso suceda cuando la gente te lo dice o te lo hace sentir. La verdad es que ser sencilla tenía su ventaja, cuando estaba en la universidad y llegaba a la playa o a una rumba, bien "producida", todas las miradas se posaban en mi y siempre alguien me echaba los perros, o la misma gente que antes me consideraba gordita, me veía hasta con admiración. Porque bueno, vivimos en una sociedad que pone a las mujeres en una vitrina para ser exhibidas y les otorga valor cuanto más arregladas sean. Ahora pienso en retrospectiva y la verdad es que era delgada y bonita, y no me explico como llegué a dejar que terceros me hicieran sentir tan mal conmigo misma.

Me tomo muchos años reconciliarme con mi imagen en el espejo, ser capaz de desnudarme y decirme "estás bella así". Ese proceso de aceptación se aceleró cuando me descubrí a mi misma en un ambiente muy distinto, en el cual paradójicamente era común que me dijeran que era la personificación de una "latina caliente". Pero a veces quedan rastros y a uno se le sale algún comentario, imagínese mi grata sorpresa cuando un día almorzando con alguien con quien salía, dije: Estoy gorda. Y por respuesta me dijo: Mira, quiero que escuches una canción que se llama 'All about that bass' y cada vez que pienses que estás gorda recuerdes que cada centímetro tuyo es perfecto. Así me siento yo cuando te veo.


En esa misma época, descubrí sorprendida que la gente me consideraba una mujer femenina y arreglada, con un estilo ligero y cómodo. 

Poco a poco fui desarrollando más personalidad y cada vez fui un poco menos retraída, entendí que (entre otras cosas por tendencia familiar) nunca iba a llegar a encajar en el estereotipo de la mujer buenota, y tampoco quiero hacerlo. En cambio, exploto otras virtudes, como la simpatía y la inteligencia. Las cuales no sólo me han ganado más afectos, sino también mejores. 

¿Por qué le cuento esto? Porque gracias a personas como usted que valoran la belleza por encima de otras cosas, hay muchas mujeres comunes y corrientes que sufren a diario una violencia terrible e inevitablemente terminan violentándose ellas mismas. Su entrevista me recordó al documental de Las Muertes Chiquitas, en el cual una mujer dice: "¿Cuidarme de los hombres? Si de quien me he tenido que cuidar toda mi pinche vida ha sido de las mujeres".

Mire, yo no le voy a negar que quizás sea cierto que el gobierno promueve la imagen de las mujeres desarregladas. Y tampoco voy a juzgar si ésto es bueno o malo. Lo que sí es cierto es que decirle a otras mujeres sucias y desarregladas es un acto de violencia y de clasismo, y eso es algo que debemos comenzar a entender y cambiar. 

Pero hay aquí temas de fondo más importantes, hay una violencia aún más profunda: la descalificación. Si usted hubiese dicho quizás que muchas de las mujeres que trabajan en el gobierno han fracasado en sus labores por implementar políticas inadecuadas, yo no le estaría escribiendo esta carta. ¿Pero por qué tiene que medir el éxito de una funcionaria o de una ciudadana por su belleza?

Ciertamente, nadie debería ir al trabajo sin estar vestido apropiadamente. Eso es un tema de etiqueta. Pero estar vestido apropiadamente, no tiene por qué significar maquillaje y tacones. Su comentario me recordó la famosa imagen de Ángela Merkel frente a Cristina Kirchner, que tantas burlas generó, porque la primera se vestía apropiadamente, pero sencilla y sin maquillaje, mientras que la otra parecía una drag queen (por decirlo de alguna manera).

En fin, yo pienso honestamente que ante una crisis tan grande como la que se vive en Venezuela, es necesario que comencemos a darle valor a las cosas por lo que tienen. Que las críticas hacia el otro sean fundamentadas y dejen de ser esos ejercicios absurdos de descalificación y desprecio hacia el otro que nada bueno nos han traído. 

Pienso también que ante semejante crisis, una figura pública como usted, debería preocuparse más de hablar acerca de planes de gobierno o cómo construir un futuro mejor, en lugar de hablar de patrones de belleza. 

Al final de esta carta sólo puedo felicitarla por dos cosas: 

Primero, porque logró hacerle el juego al gobierno, desviando un poco la atención (incluyendo la mía) de la crisis humanitaria que se vive en el país.


Y segundo: Porque se consiguió un marido que le dio todo lo que tiene. Por lo que asumo que es usted una mujer florero y que esto la llena de orgullo y de alegría, cosa que no me atrevo a criticarle porque ha sido su elección de vida, y si es feliz así, pues perfecto; pero le pido encarecidamente, que no reproduzca esos patrones.

El país más que mujeres bellas, necesita más mujeres inteligentes, echadas para adelante y trabajadoras y menos niñas pidiendo tetas o matándose de hambre para ser tomadas en cuenta. 

¡Con tanta crisis, cualquier ayuda es buena!


1 comentario:

Cristina dijo...

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